Antes de la
construcción del cementerio de La Apacheta en 1833, los muertos se enterraban
principalmente en el hoy desaparecido cementerio de Miraflores (construido en
1793), dónde actualmente sigue ubicándose dicho distrito de nuestra ciudad. Uno
se pregunta ¿Qué sucedió con los restos de aquellas personas? ¿Seguirán algunos
cuerpos bicentenarios enterrados debajo de las docenas de construcciones de
hoy? Los antiguos contaban, entre ellos el bisabuelo, que siendo niños gastaban
su tiempo jugando a las "escondidas", el juego más popular y espontáneo
de aquellos años y que hoy casi si se ha olvidado entre los muchachos.
Niños y niñas,
jóvenes y jovencitas y alguno que otro adulto aún lampiño se escondían por las
esquinas de las plazas de barrio, detrás de los bancos, por los recovecos de
las callejuelas mortecinas. Junto a las altas casas de sillar, quizás al amparo
de un viejo árbol casi seco y esperaban agazapados a que el contador -que
contaba a veces hasta cien- terminara su labor e iniciara su infatigable
búsqueda de los compañeros escondidos.
Pues bien, el
bisabuelo y su muchachada gustaban de jugar este juego; pero para darle algo de
mayor sazón y picante -no precisamente el del rocoto- lo jugaban junto al
cementerio citado. Lo jugaban también dentro del camposanto, a esas horas en la
que la tarde agoniza y la noche envuelve con su sombra. Si ustedes creen que la
actual iluminación eléctrica de Arequipa es deficiente en algunos lugares;
póngase a pensar lo que era en el siglo XIX a base de velas y -que alimentaba
por unos centavos el "velero"- en puertas y ventanas coloniales y uno
que otro farol también a base de candela que muchas veces el viento apagaba,
sobre todo en agosto.
En esos años el
cementerio no se cerraba como se hace ahora, a eso de las seis, y menos había
alguien que cuidara las tumbas de posibles delincuentes o sacrílegos; pues
todos tenían un respeto profundo a los muertos y sus manifestaciones y, por
supuesto, al viejo curita del barrio, que con látigo en mano, te quitaba la
lisura a la hora de confesarle al oído
tus pecados y palomilladas; además esa parte de Arequipa había crecido
tanto que había rodeado el camposanto y desde la ventana de las casas se
pintaba el macabro lienzo de la ciudad de los muertos a tan solo unos metros.
Pero sin
apartarnos del camino y de la historia del bisabuelo, él le contaba así
mismo a sus hijos y nietos que cuando
alguien del juego se ocultaba en una fosa recién excavada, o movía algún nicho
con el cajón rajado y se acostaba junto a un montón de huesos centenarios,
entonces es que la cosa se ponía realmente fea para el que buscaba; pues de
pronto, en medio de la penumbra de la Luna, oía la voz cavernosa de un alma en
pena -en realidad se trataba de alguien del grupo que intentaba asustar al
buscador y alejarlo del lugar apelando al miedo- y había que saber diferenciar
entre los verdaderos muertos y los que se hacían pasar por estos.
Pero había
ocasiones en dónde el juego se convertía en algo serio y uno palidecía ante lo
que veía delante suyo; muy junto a una escultura rajada o una cruz torcida.
Recuerda el bisabuelo haber recorrido la mitad del cementerio, haber oído el
llamado -las campanas de la iglesia- a misa de difuntos y de pronto haberse
percatado de la presencia de algunas luces ondulantes y danzarinas; sin duda
ánimas en pena, no más altas que un duende de los más pequeños, que parecían
hacer procesión a lo largo del corto sendero, esparcidas por delante y detrás,
y algunas más lejanas; pero igual de atemorizantes, a los lados.
Cementerio de Miraflores en Arequipa, Perú. |
No sabiendo por
dónde huir, pues a cualquier lado la distancia era igual de lejana, echó la
desesperada carrera por cualquier parte, gritando a todo pulmón por auxilio y
hundiendo los agujerados zapatos de vez en vez en la fría tierra de muerto;
mientras a trancadas quebraba infinidad de huesos que sonaban como ramas secas
hechas añicos. Por supuesto con sus gritos motivó la huida de una veintena de
muchachos igual de asustados que corrían despavoridos cada uno a su casa -con
alguno que otro pacpaco -ave de mal agüero nocturna- volando por sobre sus
cabezas, a contar una historia igual de macabra; aunque no hubieran sido
testigos capitales de ésta.
Durante muchas
semanas nadie del barrio se aventuró a repetir la aventura del juego dentro del
viejo cementerio. Sólo algo más que acotar, siendo el antiguo camposanto de
Miraflores un lugar dónde se enterraba a la gente a la usanza antigua, es decir
bajo tierra y no en nichos como lo es hoy en La Apacheta, es dable encontrar
una explicación a aquellas luces danzantes que el bisabuelo siempre juró eran
producto del más allá (*), y que le trajo más de una noche de intranquilidad a
nuestros parientes.
(*) Se trataba seguramente de los llamados fuegos fatuos que se mostraban
principalmente en cementerios y otros lugares dónde se había sepultado una
persona, animal o tesoro. Sucede que tanto las sustancias orgánicas como otras
no necesariamente de esta índole, cuando han sido enterradas despiden ciertos
gases -a veces tóxicos, conocidos también como antimonio- que al contacto con
el oxigeno de la superficie de la tierra tienden a encenderse como llamas de
una vela; pero aún más largas, lo que ligado a un lugar de ultratumba la gente
tiende a pensar se trata de almas. Claro en el siglo XIX no había quién le
explicara estas cosas al bisabuelo. (Por Pablo Nicoli Segura, La Arequipa del
siglo XIX)